25 julio 2009

LANDSCAPE

For most people, the world is a mess. Still, for poets and dreamers like me, it is simply beautiful . You takes no more than a few steps before you come across an unimaginable rainbow of sensations and lose yourself in an infinite collection of marvels thrown together in random combinations: an almond tree intertwines its crowded branches with a Masai hut, and thick blocks of baked mud and dung hang from its branches; a bird with butterfly wings floats above the hot air and above the white smoke that spews from a carriage in flames, burning through the street charred by the stifling sun; a sun that shines only in the portion of the city just mentioned because the rest of the city is engulfed in the densest of darknesses, swallowed up in a geological hole that might have been nonexistent for millions of years. The sky above my head is purple, and within it something slippery and fast moves as if swimming among the rarefied gases, playing with clouds of iodine and ammonia. Below, above the stone pavement and metallic remains of some moving sidewalk that I have never known, on foot through a quagmire of decaying organic tissues that had once represented one or more human bodies, I stand, watching and admiring all these extraordinary and changing things, with no regrets or fears. I know everything. I know about the failed experiment and about the ongoing back and forth of time and matter, but at this moment, one both eternal and ephemeral, nothing can take rob me of the absolute certainty of enjoying this atemporal landscape, asymmetric and anachronistic, unique and unrepeatable. And that fills me with joy.

Twenty short trips through time -- Axxón 167, October, 2006 - Traducido por Daniel W. Koon

19 julio 2009

Trampas

Un brote verde y vigoroso contrastando en aquel páramo como un espejismo. Ha crecido entre leños podridos con la escasa agua de lluvia acumulada. Theo se arrodilla y aproxima unos dedos temblorosos, pero los retrae de inmediato. Debería usar guantes. Esos leños descansaron cerca del hangar mucho tiempo, y nunca se sabe. Vuelve la vista hacia la casa y, más allá, al hangar dormido. Su boca ancha y gris es una mordaza, un mal presagio.
Pestañea. No es nada, sólo el calor. Se pone de pie y regresa. A poca distancia de la casa escucha la radio. El pronosticador anuncia inminente tormenta. Theo gruñe. Le incomodan las tormentas. Continúa su camino al hangar e ingresa por una puerta pequeña. El cubículo está en silencio. Sólo parpadean dos luces diminutas, pequeño faros en un mar de soledad. Abre un armario y busca. Un par de guantes de aramida le vendrán bien. Se dispone a salir pero algo le llama la atención, un brillo del otro lado del grueso ventanal. Se aproxima y observa. Es un pequeño charco en el centro de la plataforma.
Su corazón se agita. Se supone que el hangar debe permanecer vacío hasta... Tal vez no sea nada, pero ¿cómo pensar en goteras con un techo con doble aislante, o en condensación con un equipo climatizador en permanente funcionamiento?
Enciende los faroles. Una luz verde asciende desde el charco y se desvanece.
—¡Dios mío, está ocurriendo!
Theo golpea el tablero y estrena la señal de Actividad. Afortunadamente, funciona, pero los de Central tardarán demasiado en llegar, y además está la tormenta acercándose. Intenta calmarse y seguir los pasos básicos: cerrar puertas, sellar ventilas, activar el campo magnético y aguardar. Él añade una plegaria al procedimiento y no puede evitar temblar. Un chispazo le arranca un grito. No lo puede creer. ¡Tantos hangares, tantos cálculos y trazados y justo a él le toca en suerte!
La aparición de la nave es inminente. Lo sabe. Recuerda las cintas de avistamientos en marcha invertida y la explicación del profesor Hoffman: "Viajan en el tiempo, hacia atrás. Por eso parece que desaceleran a cero en un instante, por eso creemos que caen a tierra cuando en realidad toman vuelo. Roswell es el mejor ejemplo. No hubo impacto, sino una aparición, un portal de otra dimensión vomitando la nave en nuestro universo, y ésta ascendió y se perdió en la distancia. Nosotros marcamos la zona con trozos de duraluminio y éstos se adhirieron al suelo como magnetizados... Su hallazgo y la prensa fue, bueno, un descuido..."
A partir de entonces los sitios de potenciales apariciones —las plataformas de despegue— se marcaron por todo el mundo, y se plantaron las trampas...
Theo guarda una pequeña confianza en sus trampas, en el campo magnético y los rayos condensados; pero principalmente en su Colt. Siente el arma y respira agitado. Sus ojos son dos platos y en ellos hay un tercero reflejándose.
Sus ojos no pestañean. Los mantiene abiertos. Abiertos.
No puede dejar de ver.

16 junio 2009

Equilibrio

Me arrastró a empujones por las calles oscuras clavándome de tanto en tanto el metal del arma entre las costillas. Llegamos a un edificio en refacción y me obligó a ingresar por una abertura practicada en las chapas que cubrían la fachada. Me indicó que me sentara en un rincón mientras él se recostaba sobre una columna roída por el olvido y sacaba un cigarrillo con la mano que tenía libre.
—¿Por qué lo hiciste? —me interrogó, encendiendo el cigarrillo, entre bocanadas de humo.
—Es una historia muy larga —respondí con calma. Creí que ello lo enfurecería pero me equivoqué. Me miró apretando los párpados como si no me distinguiera bien y dejó descansar la mano con el arma sobre la rodilla alzada.
—Tenemos tiempo. No quiero matarte sin saber que estoy en lo correcto.
No sentí temor alguno a sus amenazas, había alcanzado un control de mi mente tal que ya nada me desconcertaba. Era capaz de vivir los tormentos más terribles o probar las delicias más exquisitas sin siquiera evidenciar signo alguno de desasosiego.
—No es algo que puedas comprender. No entenderías mis razones porque no has vivido lo que yo. Termina ya con esto.
—Eso lo decidiré yo.
Pensé negarme hasta el cansancio, hasta hacerle perder la paciencia y así hallar el final de un golpe certero, pero hubo algo en el ambiente, en la situación, tal vez en la elocuencia de su personalidad, que me decía que podía ser interesante dejar un testimonio del Equilibrio.
Comencé mi relato hablando con una naturalidad pasmosa, no es que quisiera impresionarlo, no lo necesitaba, se debía a esa paz interior y tranquilidad de conciencia de las que me había dotado el Equilibrio durante largos años de búsqueda y hallazgo de respuestas.
Le hablé de mi niñez como si estuviera hablando conmigo mismo, como si me estuviera escrutando en un espejo haciendo una retrospección de mi vida:
—De pequeño era como todos los demás, travieso, alborotado, temeroso; pero con el tiempo me fui distinguiendo por mis cualidades especiales. Podía leer las palabras de los labios de mis compañeros momentos antes que las pronunciaran, con lo que les imitaba a la perfección al unísono hasta hacerlos rabiar, primero, y temer, después. Me aislaban de los grupos de trabajo porque creían que podía causarles algún daño, pero yo no me ofuscaba por ello. Sabía que mi naturaleza no era similar a la suya. Había algo distinto en mí y eso prevalecería sobre sus desaires.
Asintió suavemente con su cabeza y me hizo un gesto con la mano armada para que continuara.
—Más adelante, en la adolescencia, las voces vinieron a mí para auxiliarme en la etapa más difícil de mi búsqueda personal. Ellas me calmaban con palabras de alivio y me enseñaban la verdad sobre el Equilibrio Universal. Me decían que debía entregar mi vida al Equilibrio porque había nacido para ello. Como existen personas con talentos para la música o la literatura, también existimos nosotros, los Ecuánimes, que fuimos concebidos para sostener y componer la danza eterna del orden y el caos. Nuestra tarea es crear, transformar, destruir para mantener un equilibrio asimétrico y perfecto en el orbe. Como el mundo esta plagado de acciones ruines, nuestra tarea suele pasar por benefactora, pero no siempre es así. En ocasiones debemos contrarrestar grandes muestras de caridad o austeridad desatando sobre la humanidad plagas y desastres porque amenazan con descomponer el orden.
—¿Y por eso colocaste la bomba? —su mirada estaba ausente de emociones. Me intrigaba su calma.
—La bomba es un pequeño ajuste en un mundo tan vasto. Veinte individuos son un sacrificio más que aceptable por la expiación de aquel héroe que salvó a Mariela Gómez. Así funciona. Tanto es pecado el mal que hacemos como el que evitamos. Porque no permitimos el desahogo del caos, porque queremos romper la cadena. No entendemos que no podemos pasarnos todos de un solo lado del bote porque zozobrará. Aquí debemos intervenir nosotros. Siempre dispuestos, siempre atentos a las necesidades que surgen a diario. Somos esclavos y verdugos de la humanidad. Nuestras vidas están dedicadas a cumplir nuestra misión.
Me miraba atento, casi sin pestañear. No había en su rostro atisbo de ironía o incredulidad. Su mente me era inaccesible.
—¿Y qué sucedería si dos Ecuánimes realizan la misma expiación?
Su pregunta me anonadó. No creí que comprendiera mis palabras porque la Verdad no es alcanzable por cualquier mortal. Siempre produce rechazo y negación.
—Cuando eso ocurre... —dije— siempre existe algún otro Ecuánime que ponga en orden las cosas. Es una rueda imperfecta que jamás termina de rodar y que siempre está en movimiento...
Me detuve porque comprendí que ambos estábamos recitando las mismas palabras al unísono. Me miró con una media sonrisa en su rostro. Tiró el cigarrillo consumido al piso y lo apagó con el zapato.
—Estuve a tres cuadras del edificio que tú destruiste, cazando víctimas en un refugio, segando vidas para compensar la salvación de Mariela. Como verás, yo también soy un Ecuánime. Cobré ocho vidas en el transcurso de la noche, hasta que escuché el estruendo de tu bomba. Te vi observando la escena con complacencia y me di cuenta inmediatamente de tu error.
Intenté defenderme pero no logré expresar una frase coherente. Los voces no solían fallar, pero yo tal vez hubiese cometido un error. Es una línea muy delgada y delicada entre el sueño y la vigilia en la que se expresa la voluntad de las voces.
—Ahora sólo me resta matarte —añadió él empuñando nuevamente el arma— y tal vez deba hacer unos cuatro o cinco días de ayuno para enmendar tu error.
Elevó el arma y la apuntó a mi cabeza. Vi el movimiento seguro de su dedo sobre el gatillo. Jamás alcancé a oír el estampido.


© Claudio Alejandro Amodeo
"Equilibrio" fue finalista
en el I Certamen Literario Revista Axolotl, en la categoría cuento.

27 abril 2009

El color del miedo

La multitud se arremolinaba en derredor del artista, buscando la mejor posición para apreciar la obra. Las manos de Ferrán se movían con tal rapidez que parecían estar repasando contornos preexistentes sobre la tela, como si cada trazo estuviera predestinado a ocupar su sitio.

La niña sentada delante se movió impaciente y desarmó la trenza que colgaba sobre un hombro.

—¡No te muevas! —gritó la madre.

—No se preocupe, señora —intervino el pintor alzando un pincel y señaló su frente—, tengo toda la imagen formada aquí y ya no se escapará. Pronto le acabo su retrato.

Los curiosos vieron asombrados cómo el artista se las ingeniaba para terminar el retrato con lujo de detalles, agregando pequeñeces sutiles de las que el propio parque carecía.Una vez finalizada la pintura la multitud se alejó satisfecha y un hombre alto y robusto se aproximó al pintor por un lado y le susurró palabras directas al oído:

—Señor Ferrán, me impresionó gratamente la demostración de destreza que acabo de ver y me gustaría hacerle una proposición.

El pintor, ocupado en la limpieza de sus manos, respondió sin volverse.

—Diga, le escucho.

—Bien. Mi empleador es un hombre de aguda sensibilidad artística y también de abundante fortuna material, y sería muy de su agrado poder contar con vuestro arte en su galería.

—¿Muy de su agrado? —preguntó Ferrán más interesado, volviéndose.

—Mucho. Además de ser un admirador muy sensible del arte es una persona muy generosa, y recompensará muy bien sus servicios.

El pintor sonrió y repasó con un brazo todos los retratos y paisajes que disponía a su alrededor.

—Acepto. ¿Cuál de mis cuadros le agrada más a la sensibilidad de su empleador?

—Ninguno de estos, señor Ferrán. Mi empleador desea una obra nueva, nunca antes vista por otros ojos que no fueran los suyos... y los vuestros, por supuesto. Éstas, sin desmerecerlas, puede bien venderlas aquí. La que yo le pido sólo puede ser creada en la residencia de mi empleador —el hombre extrajo una tarjeta del bolsillo de su saco—. Tenga. Aquí está la dirección. Venga mañana a las dieciocho horas con todas sus herramientas, que le estaré aguardando.

Ferrán examinó la tarjeta. Decía: Damon Ostov, Agregado Cultural, Consulado de Rumania.

Con un incisivo presentimiento alzó la vista y buscó a su interlocutor, pero ya no lo pudo hallar.


La dirección pertenecía a una residencia imponente ubicada al norte de la ciudad, no muy lejos, así que al día siguiente Ferrán viajó en taxi desde el propio parque. Al llegar, el señor Ostov salió a su encuentro, saludándole. El pintor estrechó la mano tendida e ingresaron a un salón frío, con paredes de mármol y techo abovedado con cristales decorados. Siguieron avanzando y penetraron en un despacho también amplio.

—Póngase cómodo—invitó Damon—. Mi empleador, el cónsul Nathan Dominiescu, llegará pronto
—Ferrán tomó asiento—. Él me dijo que le ofreciera cien mil euros por la obra —agregó sin inmutarse—. ¿Le resulta una cifra convincente?

Ferrán sintió que la garganta se le hacía un nudo. ¡Cien mil! ¡Y por apenas unas horas de trabajo! No lo podía creer.

—Sí... Es más que suficiente.

Ostov afirmó con la cabeza y acomodó unos papeles.

Transcurrieron largos minutos en silencio y al cabo, como oyendo algún sonido imperceptible, Ostov agregó—: El cónsul acaba de arribar. Venga. Lo conduciré al Salón de Pintura.

Se acercaron a un gran portal y Ostov se detuvo.

—Debo hacerle una recomendación, señor Ferrán —le dijo—. El cónsul es un hombre muy apasionado y siempre gusta de montar una pequeña escena para que el pintor se motive y cree su obra, así que no se sorprenda si ve ciertas cosas un poco... ¿Cómo decirlo? Excéntricas. Eso es. Usted limítese a observar y, cuando lo crea oportuno, libere toda su destreza artística.

Ferrán no respondió. Todo el asunto se estaba poniendo un poco espeso, pero recordó el dinero y tragó saliva.

—Tómese todo el tiempo que sea necesario, señor Ferrán —agregó—, pero por nada, y en esto tengo que ser estricto, por nada abandone su obra antes de acabarla. Recuerde que sólo presenciará una escena teatralizada.

Ferrán asintió y se aseguró mentalmente que éste sería el cuadro más expeditivo de toda su carrera.

Ostov abrió una pesada hoja de madera y le permitió ingresar, cerrándola luego tras él. Ferrán sintió que una oleada de aire frío lo envolvía. El lugar era amplio y estaba en penumbras y los plateados rayos lunares atravesaban los ventanales del fondo. Entre ellos existía otro portón y por delante dos largas cortinas blancas se mecían con las intermitentes ráfagas de viento nocturno. Parecían fantasmas, fantasmas lánguidos y furtivos, se dijo preocupado Ferrán.

Al frente notó un tenue cono de luz proyectado desde un ángulo del salón. Debajo de él preparó el atril, colocó un lienzo nuevo y preparó los óleos sobre la paleta. Estoy listo, pensó mirando con incertidumbre.


En ese instante las ráfagas agitaron las cortinas con violencia y dos jóvenes vestidas con túnicas blancas aparecieron y se detuvieron frente a los ventanales. Una morena y otra rubia, ambas con cabellos largos y lacios. Sus rostros parecían adormilados, relajados.La garganta se le secó.

Las túnicas cayeron al suelo descubriendo dos exquisitos cuerpos desnudos. Inmediatamente un trueno se escuchó en el salón, proveniente de algún dispositivo disimulado, e ingresó un imponente hombre semidesnudo. Su cabellera abundante y ondulada caía sobre sus hombros y pechos poderosos. Era sin dudas el cónsul Nathan Dominiescu y su presencia atractiva impresionó a Ferrán haciéndolo temblar.

Sus manos se dirigieron hacia la morena, repasando el cuerpo desnudo sin rozarla. La otra joven se aproximó por detrás y abrió su boca, como intentando morder la espalda del cónsul. Éste simuló sufrir y se arqueó hacia atrás, a la vez que aferraba uno de los firmes senos de la morena y sujetaba con fuerza su cabellera negra.

Ahora, se dijo Ferrán y comenzó a soltar los trazos sobre la tela. Esa escena disparaba imágenes vivas en su mente y se dejó llevar por lo que la lascivia de la situación le sugería.

Una pierna desnuda rodeó a Dominiescu a la altura de la cadera y él se inclinó para morderla. Gruesas líneas de sangre brotaron debajo sobre la piel joven y cayeron al suelo como un torrente cálido, creando un charco que pronto fue hollado por los tres cuerpos sudorosos y extasiados.

Ferrán, presa de un impulso incontenible, soltaba trazos sobre la tela con una precisión absoluta, plasmando fielmente los regueros de sangre y el entrecruzamiento de los cuerpos, como en un baile exótico. Sentía que enloquecía pero era presa de una fiebre hipnotizante, un ensueño que le impedía detenerse y juzgar la situación como real o ficticia.

El cónsul lamió con avidez el cuerpo ensangrentado y se volvió de inmediato a su primera presa con expresión de locura en el rostro. Las mandíbulas brillaron bajo la luz de la luna y se precipitaron bruscamente sobre un cuello frágil y juvenil, desgarrando a su presa como un animal hambriento. La morena se deslizó rápidamente hacia el suelo y el cónsul y la otra joven, con las mandíbulas desencajadas y los cuerpos cubiertos de sangre, se arrojaron encima para morder y desgarrar; para masticar y tragar como bestias en un paroxismo de hambre y lujuria.

La víctima profirió un quejido apagado que Ferrán comprendió horrorizado. Algo no estaba bien. Aquello superaba los ámbitos de lo ficcional. Quiso detenerse, correr hacia la puerta y buscar las llaves de la luz, pero sus músculos no reaccionaron. Sus manos estaban encantadas, eran esclavas del cuadro y no descansarían hasta acabarlo.

Se vio a sí mismo atrapado por la escena, dibujando figuras superpuestas, ensangrentadas, voraces, manchando la tela con pintura roja por todas partes hasta que no restó lugar sin cubrir, hasta que todo fue una gran mancha sangrienta que goteaba fuera del cuadro y teñía sus pantalones y zapatos...


—¿Se siente bien, señor Ferrán? —preguntó una profunda voz de barítono.

El pintor, desorientado, tardó en reconocer los rasgos agudos del cónsul Nathan Dominiescu, parado delante suyo, vestido con una camisa negra y extendiéndole una mano. Sólo entonces descubrió que estaba recostado sobre el suelo frío del salón de pintura y que todas las luces artificiales estaban encendidas, inundando con claridad tranquilizadora el sitio que momentos atrás fuera escenario de alucinatorias visiones. Ferrán aceptó la mano tendida y se reincorporó.

—Disculpe, señor Dominiescu —balbuceó—, no sé qué me ocurrió.

—El que debe pedir disculpas soy yo —dijo el cónsul—. A veces me extralimito con el realismo de la representación. Ya sabe, soy un amante del arte en todas sus expresiones, aunque debo declarar una inclinación particular por la pintura.

“Y también debo decirle que estoy sumamente complacido por su creación —agregó el cónsul señalando el atril con la pintura aún fresca.

Ferrán se adelantó sobrecogido y reconoció sus pinceladas. La escena era magnífica: Tres cuerpos desnudos y sudorosos envueltos en una danza pasional de roces sutiles, iluminados por relampagueantes haces de luz plateada mientras las cortinas fantasmales se retorcían a su alrededor. No había sangre allí, ni siquiera un atisbo de violencia en los rostros. Era una obra desconcertantemente maravillosa.

—Me halaga que le guste —dijo algo inseguro.

—No sólo me gusta, sino que lo colocaré ahora mismo en la galería. Y por supuesto, le pagaré lo convenido.

“Venga. Mi oficina está en el otro extremo de la galería y deberemos atravesarla. Ambos avanzaron con la pintura a lo largo de extensos corredores que se interconectaban, formando lo que en la cabeza de Ferrán sólo podía representarse como un interminable laberinto. La iluminación lúgubre y la constante presencia de los cuadros imperturbables, infinitos, le daban la sensación asfixiante de encontrarse atrapado.

—Éste de aquí es un Berni —exclamó el cónsul buscando admiración en los ojos del pintor—. Suelo hacer viajes a Sudamérica y me gusta obtener lo mejor de cada lugar.

Ferrán asintió en silencio, demasiado oprimido. Sus ojos apenas podían acostumbrarse a la escasa luz difusa y todos los cuadros le parecían el mismo: El cónsul y una doncella vestidos con ropas muy antiguas, tomando el té en finísimas tazas de porcelana; el cónsul y unos amigos vistiendo tiradores y sombreros de ala oscuros y al fondo una joven mesera, dejando entrever una delicada pierna desnuda. Siempre encontraba jóvenes mujeres en los cuadros; era como un amuleto o una cábala, imposible de obviar.

—Muchos de estos artistas —continuó el cónsul— vieron florecer sus carreras a partir de los trabajos que realizaron para mí.

“Modestamente me considero un descubridor de talentos. Éste de aquí es un claro ejemplo —el cuadro señalado mostraba una sucesión de objetos ligeramente geométricos, algo trastocados, dispuestos fuera de lugar buscando un propósito definido. Reconoció de inmediato la técnica—. Es de Pablo Picasso, por supuesto —aclaró el cónsul sonriente—. Ese muchacho se puede decir que descubrió el cubismo en sus venas a partir de esta obra.

—Pero eso fue hace muchos años —observó Ferrán notando de pronto que todo parecía estar fuera de lugar—. ¿Cómo es posible? Usted no parece...

—Hace muchos años —admitió con voz grave—. Es verdad.

No agregó nada más, sino que apretó el paso, como contrariado. El pintor se apresuró a seguirle y finalmente arribaron a un recodo donde las paredes aparecían desnudas.

—Su cuadro inaugurará este sector —dijo el cónsul y colgó la pintura. Luego ambos retrocedieron unos pasos y admiraron la obra bañada por la luz difusa. Encajaba a la perfección con el resto de la colección. Tenía forma y un cierto aire de movimiento.

—Puedo sentir la fuerza que emana —dijo con apasionamiento el cónsul.

—Como si tuviera vida —se vio diciendo Ferrán, absorto.

El cónsul sonrió.

—Ciertamente está vivo —dijo—. Es exactamente lo que esperaba de usted. Una gran Obra Viva. Vea esos trazos, vea ese juego de luces que aparentan movimiento.

El pintor aceptó el reto y observó con detenimiento. Los contornos se esfumaban, parecían indefinidos, las figuras cambiaban sutilmente de posición, movían las cabezas, sonreían mostrando amplias hileras de dientes agudos y babeantes. Miraban a Ferrán.

—¡Por Dios! —exclamó apartando la mirada. Luego, al retornar la vista comprendió que nada había ocurrido realmente. Las figuras continuaban allí, en su posición original.

—Increíble, ¿no? —dijo el cónsul—. Ya ve por qué pago lo que pago. Poca gente es capaz de capturar la vida en un cuadro.

Ferrán enmudeció.

Continuaron caminado y arribaron a una sala amplia.

—Le pagaré ahora —anunció el cónsul. Se alejó hacia un rincón y retornó portando un maletín—. Aquí tiene los cien mil acordados —Ferrán miró en su interior y tragó saliva—. Le invitaría a contarlos pero es muy tarde y seguramente estará deseoso de retornar a su hogar —Ferrán miró su reloj y sintió una leve preocupación. Faltaban quince minutos para la medianoche—. Pero por supuesto puede quedarse y descansar. Hay muchas habitaciones para huéspedes.

Ferrán sintió que le atenazaban la garganta y por un momento pensó que jamás saldría de esa casa. Debía irse.

—Espero no lo tome usted a mal —se disculpó torpemente—, pero preferiría regresar a mi casa... Seguramente hallaré algún taxi...

Una sombra cruzó los ojos oscuros del cónsul y su rostro pareció tensarse. No le gustó esa mirada, había algo de criminal en ella. El corazón le palpitó con fuerza y el nudo en su garganta se intensificó.

—Faltaba más —dijo finalmente Dominiescu—. Tengo coches de sobra listos para llevarle, señor Ferrán. Avisaré al señor Ostov para que le espere en el recibidor con sus herramientas y un vehículo preparado. Es lo menos que puedo hacer por usted cuando usted ha hecho tanto por mí... Un cuadro vivo, Ferrán, palpitante.

Ferrán comenzó a sudar. La voz de ultratumba era amenazante. Titubeó y dio un paso atrás, aferrando fuerte el maletín con el dinero.

—Buenas noches, entonces —agregó el cónsul con una sonrisa creciente, pero el pintor ya no estaba allí para apreciarla, sino que se alejaba a paso veloz a través de los pasillos simétricos, idénticos.

Tranquilo, se dijo, no estás huyendo, sólo caminando hacia el recibidor, tranquilo. Pero a medida que avanzaba la sensación de estar recorriendo siempre el mismo corredor se agigantaba. El laberinto se retorcía y bifurcaba infinitamente y en su cabeza los cuadros se repetían y se movían. Temió mirarlos pero a medida que transcurrían los minutos y le dominaba la desesperación comprendió que ellos eran la única salida posible. Debía guiarse por ellos.



Prestó atención a las figuras, a las ropas; siempre había una doncella sonriendo, desnudándose, gritando. ¡Dios mío! Había escenas completas representadas allí, el movimiento era real. Apresuró el paso aún más y se detuvo en seco frente a su propia pintura. ¡Estaba regresando a la oficina del cónsul! Memorizó el pasillo y, sin resistir a la tentación, ojeó su cuadro. Las imágenes danzaban realmente. El cónsul se doblaba sobre su víctima y mordía la piel suave. Gruesos torrentes de sangre se derramaban sobre el cuerpo devorado; la imagen se teñía de rojo y goteaba fuera, sobre el suelo del corredor. La vida allí encerrada palpitaba hambrienta, reclamando escapar y destruir al artista que la había capturado.

Corrió con desesperación, buscando en las pinturas escenas familiares que le orientasen, pero los cuadros cambiaban constantemente y las doncellas sonreían y se masturbaban frente a sus ojos, mostrándoles cuatro filosos colmillos dispuestos a desgarrar su carne.

¡Dios mío! ¡Estoy enloqueciendo! La mente de Ferrán era un torbellino incansable, un borrón de imágenes coloridas, un rumor de gritos y sonidos aterradores. Necesitaba aire.

Y de pronto vio las formas geométricas, vivas y latentes pero geométricas al fin. Recordó. No estaba muy lejos. Cubismo. Debía doblar a la izquierda, luego a la derecha y seguir hasta el final... Y como si todo no fuera más que una rueda imposible, se encontró otra vez frente a su pintura y cayó de rodillas, vencido.

Cerró los ojos temiendo lo peor, pero cuando los abrió su pintura no latía ni se movía, estaba quieta y no había sangre. Miró a un lado y descubrió que había arribado al recibidor y que el señor Ostov lo aguardaba, observándolo con preocupación. Ferrán se puso de pie y notó, para su desconcierto, que su pintura era la primera de la galería y no la última, que el laberinto comenzaba y acababa en el mismo lugar.

—¿Se siente bien, señor Ferrán? —preguntó Ostov acercándose.

El pintor, temblando, trató de devolverle una sonrisa.

—Su coche le espera.

Ferrán le dio las gracias. Una vez fuera se sintió mejor.

Ostov colocó sus herramientas en el baúl y le despidió con una leve inclinación de la cabeza. En su mirada creyó hallar un brillo especial, casi divertido, pero se sacudió pronto esa idea. Era sugestión, se dijo, todo fue una gran ilusión inducida por la mirada profunda del cónsul. Sólo eso.

El coche se alejó y el viento fresco aclaró su mente. Se sentía bien ahora.

—Hemos llegado —anunció el cochero y se volvió—. El cónsul me pidió que le dijera que, cuando usted lo crea conveniente, puede regresar a su residencia, que le agradaría poseer más obras de su autoría. No tiene más que llamar y yo le pasaría a buscar de inmediato.

Ferrán saludó y se apeó del vehículo.

—Dígale que le agradezco su oferta. Y que lo tendré siempre presente.

Se alejó hacia su casa repitiéndose mentalmente la respuesta. La tendría siempre presente. Por siempre.

Claudio Amodeo, abril 2007 - Relato seleccionado en el Concurso Homenaje a Polidori

14 abril 2009

¿Escritor profesional? Nah... ¿Sí? ¡Sí! ¡En serio!

¿Cuándo uno deja de ser un aficionado para convertirse en escritor profesional?

Posibles respuestas:

a_ Cuando la afición se convierte en profesión y, por lo tanto, en trabajo.

Toco madera.

b_ Cuando uno recibe pago en monetario por un relato publicado.

Sólo ha ocurrido con mi cuento Crónica de la masacre, publicado en la antología Desde el taller.


c_ Cuando uno recibe pago en especie por un relato publicado.
Ha ocurrido varias veces, gracias a Dios, y espero continúe sucediendo.

d_ Cuando uno es publicado por una editorial comercial.
Con Grupo Ajec, en Un portal de palabras II, esto se materializa.

Y por último:
e_ Cuando uno es pirateado ¡Sí, pirateado!
Y a esto quería arribar. ¡Me han pirateado! Y nada menos que La muerte interior, que ya estaba disponible en Axxón libremente y que es mi cuento más renombrado (tendré que ver qué es lo que lo hace tan especial). La gente de 4shared lo distribuye ilegalmente en su sitio y no tengo intenciones de quejarme. En absoluto. No estoy a favor de la piratería pero considero que, al menos en literatura, la digitalización de libros y la copia ilegal pueden contribuir a multiplicar las ventas en papel. No, no estoy loco y ni siquiera es nuevo lo que digo. Muchos autores han publicado capítulos enteros de sus novelas en la web y lo han conseguido. La respuesta es sencilla: aún no es tan simple leer un libro desde la pantalla de la PC para el común de los mortales. No han proliferado demasiado los readers y la gente aún prefiere el papel a la pantalla digital.

Pero, más allá de este pequeño comentario, lo dicho. ¡Me han pirateado! Y mi relato está ubicado entre autores como Aldiss y Poul Anderson...


28 febrero 2009

¡Time's Up!


Ya es hora de regresar de las vacaciones. En este lapso de silencio he escrito una novela corta y un par de relatos que andan por allí, buscándose un destino, y quiero que este relanzamiento acabe por sacudirme la modorra.
Y para recomenzar nada mejor que un anuncio: Está pronto a ver la luz del papel impreso Un portal de Palabras II, una antología muy esperada que recoge los ganadores y finalistas del III Certamen de Relatos OcioJoven, en sus diversas categorías: Ciencia Ficción, Fantasía, Terror, Histórica, Libre y Poesía. Y en ésta tengo, no uno, sino dos relatos que resultaron finalistas en Ciencia Ficción y Fantasía: Narae y Cazador.
La editorial es Grupo Ajec y los que empujaron hasta el final para que salga son los muchachos de Ociozero, el nuevo sitio de los miembros de la extinta OJ.
Les dejo unos fragmentos para ir enganchándolos y unos links a las tiendas de venta y sitios donde sabremos más del libro.
Narae:
"Cuando la imagen se disipa vuelven los recuerdos de la nave, la despedida de Uctumbu y esos ojos acuosos que me miran en la oscuridad de nuestra guarida. Esos ojos que me transmiten paz y tranquilidad. ¿Acaso eran lágrimas esas que humedecían su mirada? ¿Podrá amarme como yo lo amo a él? El pensamiento ya no me escandaliza, sino que me reconforta. Sentirse querida es una sensación única. Tan única como mi propio nombre. Narae..."
Cazador:
"Era el rostro de un dolor indescriptible. Una aberración que producía náuseas y que obligaba a quitar la vista. La mancha negra que había divisado cubría medio rostro y estaba compuesta de la misma piedra que se extrae de las cavernas, oscura y fría. La cuenca de un ojo estaba vacía, la nariz y la boca deformadas y petrificadas en un gesto de sufrimiento, como el de un grito ahogado que jamás pudo escapar. Era la combinación imposible del cráneo de un Kabuss con el de un humano..."

31 julio 2008

El cuento recomendado III

Esta vez recomiendo un cuento y un blog: Reglas, de Carlos Feinstein en el blog Químicamente Impuro, un sitio que está creciendo cada vez más y que agrupa más de 1300 cuentos de cientos de autores de todo el mundo.

Pasen, lean y disfruten.

04 julio 2008

¡El visiones 2008 tiene un lugar para mí!

Así es, como lo leen, a apenas días de enterarme que seré de la partida del Fabricante de Sueños 2008 con "La muerte interior", tengo el agrado de anunciarles que también tendré un lugar en la antología Visiones 2008 con mi relato "La imposible mujer menguante", de reciente factoría.
El de este año ha sido un trabajo impecable por parte del comité seleccionador, quien nos ha mantenido informados constantemente del resultado de cada etapa de selección y ha cumplido a la perfección con los tiempos prometidos. No puedo menos que agradecerles el esfuerzo realizado.

De los 242 cuentos concursantes estos son los 15 seleccionados:

"Igual que refulgen las almas", de Elena Alonso Frayle

"La imposible mujer menguante", de Claudio Amodeo

"Hadas negras", de Fracisco Jesús Franco Díaz

"Oddvillage", de Ángel Guardiola Gómez

"Patricia y la caja IOOP", de Enric Herce Escarrà

"357", de Jesús Jiménez Cáñada

"Topacio", de Graciela Lorenzo Tillard y Fabio Ferreras

"Hija de la gran musa", de Sergio Macías García

"El rastro perdido", de José María Pérez Hernández

"Sacrum Cosmica", de Daniel Pérez Navarro

"El último pozo", de Laura Quijano Vincenzi

"La Fundación", de Inmaculada Rumbau Talens

"En honor a Saram", de Andrés Torralba Ureña

"Ramas", de José Ramón Vázquez Peñas

"Tafiofobia", de José Ramón Vila Martínez


La portada será obra de Ricardo Adriansen


El cuento en cuestión realmente me satisface en su forma y ejecución y es el producto de un esfuerzo personal por plasmar una idea que me venía rondando la cabeza hace mucho tiempo (todavía no puedo adelantar nada). Creo que resultó bien. Espero que, cuando lo lean, ustedes piensen lo mismo.

20 junio 2008

La fábrica de sueños a todo vapor

Mi relato La Muerte Interior fue seleccionado para integrar la antología de Fabricantes de Sueños 2008, promovida por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror (AEFCFT), donde se recopila lo que consideran "lo mejor del año 2007". ¡Tomá distinción!

El relato, ya saben, fue publicado originalmente en Axxón 150 y luego integró el Anuario I Axxón del año pasado, desde donde fue rescatado para la presente antología.

La lista completa de los relatos que la integran es:

- Aduya, de Sergio Parra (publicado dentro de la antología "Mensajes perdidos").

- Blackout, de Jordi Armenol (publicado en la web de Libro Andrómeda).

- Chalala, de David Mateo (publicado en MiasMa).

- El comienzo de la partida, de J. E. Álamo (publicado por Grupo Editorial AJEC).

- El hombre infalible, de Carlos Duarte Cano (publicado en Axxon).

- El mazo, de José Mª Tamparillas (publicado en MiasMa).

- Erundina salvadora, de Mª Concepción Regueiro (publicado por Alfa Eridiani).

- Historia de Alexei, de Juan Antonio Fdez. Madrigal (publicado por Grupo Editorial AJEC).

- La apertura Slagar, de Alfredo Álamo y Santiago Eximeno (publicado por NGC 3660).

- La ciudad de los muertos, de Antonio J. Cebrián (publicado en Sinergia).

- La mancha, de Laura Ponce (publicado en Aurora Bitzine).

- La muerte interior, de Claudio Amodeo (publicado en Axxon).

- Por siempre otro, de Laura Quijano (publicado en NGC 3660).

- Procedimiento de rutina, de Ramón San Miguel Coca (publicado en El Sitio de Ciencia Ficción).

- Servir al hombre, de Domingo Santos (publicado en Bem-Online).

- Vlad, de José Ignacio Becerril (publicado en Ocio Joven).

- Yamata-no-Orochi, de Sergio Mars (publicado en MiasMa).

Agradezco enormemente a los seleccionadores: Carlos Alberto Gómez, Juan José Parera, Juan Manuel Santiago, Magnus Dagon, Miguel Ángel Puente y Pily B, que se leyeron todo cuanto cayó en sus manos y nos brindaron esta valiosa posibilidad.

27 mayo 2008

Reseña: Los Universos Vislumbrados II

El retorno de una gran antología, luego de, exactamente, 30 años.

La vara está alta: en Los Universos Vislumbrados I, editado también por Andrómeda en mayo de 1978, tenemos nombres tan impactantes como Borges, Bioy Casares, Sábato, Gorodischer, Mouján Otaño, Gandolfo, Bajarlía, Boido, Davobe, Vanasco...

¿Qué nos presenta ahora Andrómeda de la mano de su compilador Sergio Gaut vel Hartman?

Ciertamente no son nombres tan rutilantes: Di Lisio, Amatto, Ferreras, Domínguez Nimo, Cebrián, Biondino, Ortuño, Saurio (seudónimo ¿eh?, nunca falta quien le llame la atención este apellido del mesozoico) y Gaut vel Hartman (el más conocido del conjunto y así y todo muy poco reconocido como debiera); decía que no son apellidos de tanto peso como los de la primera entrega, pero la calidad no le va en zaga, ni la variedad de temática. Tengo que confesar que de lo último que he leído que me ha gustado en serio (Arte Menor, de Betina González, que no es de género, pero uno lee de todo, obviamente) esta antología se lleva todas las palmas.

Abre el libro el prólogo de Sergio Gaut vel Hartman haciendo una suerte de paralelismo con la antología iniciática, pero distanciándose de ésta en lo temático, dejando un poco de lado la ciencia ficción para abordar el campo fantástico desde lo cotidiano, lo palpable. Y es de agradecer, no porque no me guste la CF (quienes me siguen saben que no es así), sino porque al bajarlo así a tierra, la posibilidad de empatía con los protagonistas es aún mayor. Y también es de agradecer el nuevo enfoque que se busca a temas bastante tópicos, hurgando y manipulando detalles allí donde nacen los mitos: una meta bien lograda.

El primer relato es el ejemplo perfecto de lo que estoy diciendo: un hombre recibe en forma paulatina y solapada, la visita de fantasmas caseros y poco temibles (todo lo contrario) en su propio departamento como resultado de algo distinto a un trágico crimen, como estamos acostumbrados a leer. Hablo de Departamento con Vistas, de Marcelo Di Lisio, un punto alto en la antología.

Luego, y así de golpe, nos encontramos con una joyita del terror psicológico: Entre las sábanas, de Germán Amatto. Un relato duro, hostil, pero a la vez disfrutable. Golpea con las palabras una y otra vez y machaca con una resolución que se vislumbra y se teme desde el principio, hasta que arriba el final crudo y nos muestra lo que no queríamos ver...

Extenuados por el clímax alcanzado descansamos los ojos sobre la posibilidad de que un fragmento haga el milagro. Estoy hablando de Fragmentos, de Fabio Ferreras, uno de los cuentos más flojos, es verdad, y más cercanos a la CF tecnológica, pero que es tan cortito que complementa muy bien lo leído hasta aquí.

El Mensaje, de Jorge De Abreu y Hernán Domínguez Nimo, escrito "a distancia", es de largo aliento y quizás un poco infantilizado, del tipo de fantasía que se suele catalogar "para jóvenes". No digo que sea malo por ello, sino que no se incorpora con facilidad al esquema mental que ya veníamos armando. Por otro lado tiene algunos detalles poco verosímiles que hacen agua de a ratos y otros técnicos como llamar refrigerador y nevera a una heladera, o cambios dialécticos en el personaje. Sin embargo, el cuento se lee con interés, y se disfruta el descenlace que une todos los cabos sueltos.

El sistema Caronte y el factor indeterminado, de Antonio Cebrián, es CF pura, pero no desentona mucho con la antología y a los aficionados les va a encantar tener una roca donde hacer pie luego de tanta fantasía. En sí el cuento no decepciona, aunque parece más una viñeta que un relato complejo, y acaba tan de pronto que deja ganas de más.

Mitopoiesis, de Claudio Biondino, tiene todo lindo menos el título. Es una de vampiros y de rituales milenarios, pero enfocado desde otro punto de vista menos común, que, si bien tampoco es algo nunca visto (leído), potencia muy bien la historia y busca justificarla (no digo un Soy leyenda, pero...).

Muerte cara a cara, de José Vicente Ortuño, es otro punto flaco, pero estar ambientado en Venecia y haber leído justo antes del Londres de Stoker van tan de la mano... No sé, digo yo, estas ciudades europeas me suenan tan antiguas y lejanas...

Los que se quedamos en Noles, de Saurio, es un inclasificable, y como tal, un punto inclasificablemente alto o bajo en la antología. No importa eso realmente, lo importante es leerlo. Hace bien, en serio. Descontractura, sacude la sesera, espabila, cachetea. No importa haber leído a Le Guin antes, no hace falta.
Triángulos de colores, del escritor y compilador Sergio Gaut vel Hartman es una joyita que se disfruta. Mal ubicada en la antología, es verdad, porque luego de Saurio ¡hay que ponerse serios otra vez! Yo lo hubiera colocado justo detrás de El Sistema Caronte, que es de tiros, pero es evidente que el propio antologador no podía anteceder a los demás escritores y debía esperar su turno. No hay muchos tiros, hay algunos, pero eso no es lo principal. La facilidad para vendernos una situación desesperante dentro de un tren cargado de cuerpos de prisioneros de la Segunda Guerra es elogiable. El des-enlace (ya entenderán) también.
En definitiva, una antología impecable que mucho merece la pena los pesitos gastados, y que, indudablemente, dejará su huella en la historia del género fantástico local.

23 abril 2008

Ahora me toca a mí (I)

De lo que me publicaron en web y antologías tengo algunos relatos que me siguen gustando cada vez que los releo y considero justo rescatarlos del paso del tiempo y del olvido, acaso el peor de los finales para un cuento. Por eso los iré republicando aquí (y siempre añadiré algún que otro inédito, que tengo a montones) periódicamente, dosificándolos en su justa medida.
En primer lugar les dejo uno que debería moverles algo dentro. Si no lo hace, ¡atenti!, hay que hacerse ver por un especialista...

Esa desgraciada se pasea otra vez. Grrrr. No veo el momento oportuno de hacerla mía. Encima con esas falditas cortas que... ¡Ah! No quiero ni pensarlo. Clavar mis caninos en su cuello, en sus pechos... ¡Basta! Hoy pongo fin a mi sufrimiento.
Salgo de mi escondrijo, detrás de los arbustos, y corro por el atajo que tan bien conozco de tantas tardes de asqueroso voyeurismo. Allí, del otro lado del bosque, me asomo cuidadosamente al sendero y la veo en el horizonte, avanzando con delicadeza como si flotara sobre las hojas otoñales. Me excito con mi propio plan pero me refreno pensando en lo por venir. Me acerco a la puerta de la casa alpina y golpeo con mis hermosas y afiladas garras. La vieja se acerca con su paso cansado. ¡ay, pobrecita! Se me cae la baba de solo pensarlo. Ella abre y no alcanza a gritar al verme, y la empujo para adentro y cierro la puerta. Su cuerpo frágil no opone ninguna resistencia y la maniato y amordazo con los propios vestidos que estaba tejiendo. La coloco dentro de un armario y la vieja se desmaya. Mejor, así no hace ruido.
Me apuro, que ya casi no queda tiempo. Escucho pasos afuera. Me arrojo en la cama tibia de la vieja y me cubro totalmente con las cobijas. La puerta rechina al abrirse y el corazón me salta de excitación.
—¡Abu! ¿Estás?
Silencio, no debo ni respirar. Más pasos. Ya viene.
—Te traje unas empanadas... Te las dejo sobre la mesa...
Vio la luz. Sí, la vio. Vendrá. Lo sé.
Los pasos se hacen mas fuertes.
—¿Estás en el dormitorio?
¡Si! Quiero rugir pero me contengo. Imito una tos débil. Por un resquicio entre las cobijas la veo entrar. ¡Es tan linda! Se acerca a la cama y se sienta a un costado, junto a una de mis garras.
—¿Qué pasa, abu, te sentís bien?
Posa una mano tierna sobre la tela que cubre mi frente. Me siento bañado de sudor y la excitación ya se hace evidente. Debo estar ardiendo de temperatura.
—Estás caliente, abu. —No sabés cuánto—. Voy a llamar al médico.
Amenaza con alejarse. Rápido, saco una garra y la sostengo por la muñeca. Ella me ve y abre la boca pero no puede gritar. Está paralizada por el pánico. Lo sé. A veces produzco ese efecto en las mujeres. Me quito de encima todas las cobijas de un salto y me arrojo con brusquedad sobre ella. La faldita se corre sola y descubre unas caderas sabrosas. Urgente, con una garra tapo su boca y con la otra le desgarro la bombacha color rosa. No se puede defender. Estoy ahí, en las fronteras del placer, en el límite animal del deseo, a punto de dar un paso adelante y... Clic. Algo detona en mi cabeza. No puedo moverme. La pequeña está todavía allí, mirándome con horror y sin poder gritar ni apartarse, pero yo no me puedo mover. ¡Maldición! ¿Qué me pasa? ¡Vamos!
La puerta de entrada se desploma con un golpe atronador pero no puedo girar la cabeza para ver. Estoy paralizado. Alguien se acerca con paso pesado.
—¡Maldito robot degenerado! —me grita, y reconozco esa voz—. Esta vez fuiste demasiado lejos.
¡Irás derecho al desguace!
El técnico se pone a mi lado y puedo verlo por el rabillo del ojo, sosteniendo un control remoto negro, el mío. Esta rojo de furia. Extrae unas pinzas de una caja de herramientas, las acerca a mi espalda y comienza a desconectar mi centro nervioso. La chica reacciona y se suelta de mis garras. Salta de la cama llorando a la vez que alguien encuentra a la vieja encerrada en el armario. ¡Maldito técnico!
El deseo se desvanece a medida que me extraen los paneles de razonamiento. ¡Esperen! ¡Me portaré bien! Mi visión se nubla. ¡No sigan! Yo no tengo la culpa. Es esa pequeña desgraciada que me enfermó los circuitos...
¿Alguien apagó la luz?
(Publicado originalmente en Axxón 149, en abril de 2005)

16 febrero 2008

El cuento recomendado II

Este es un cuento que siempre me gustó y que tengo fresco en la memoria a la hora de escribir sobre intrigas y persecuciones. Para no copiarme, claro. Pero, ¿cómo evitarlo? Es tan bueno: Nunca trabajes para un extraño, de Raúl Alzogaray (Argentina).

¿Qué me gustó del cuento?
Tiene un ritmo genial, de similar tenor al Informe sobre ciegos de Sábato.

¿Dónde está el gancho?
En el manejo de la información que se le brinda al lector: en dosis justas, e incluso, insuficientes. Genera ansias de saber qué pasará.

Detalles importantes:
Nótese el uso de oraciones cortas en el momento crucial del relato que le otorgan una vertiginosa velocidad a los acontecimientos.

El clásico recomendado: Doy derecho a réplica con La llamada de Cthulhu, de Lovecraft.

¿Qué me gustó del cuento?
La atmósfera siniestra y la fluidez del relato.

¿Dónde está el gancho?
Tras una larga introducción -que puede inducir al rechazo- nos encontramos con el culto a Cthulhu y desde allí el relato navega a la perfección.

Detalles importantes:
Lovecraft gustaba detallar a sus creaturas para dotarlas de consistencia. Al hacerlo no dejaba nada librado a la imaginación del lector -que es algo supuestamente criticable-, pero más de uno convendrá conmigo en que a veces es un verdadero acierto hacerlo.

13 febrero 2008

El cuento recomendado I

Periódicamente iré recomendando y analizando cuentos que me hayan gustado -y estén disponibles en la red- con la ambiciosa idea de mostrar un panorama de la literatura fantástica en castellano que se escribe hoy en día.

Recomendaré sólo uno de cada autor para tener así un abanico más amplio.

Para comenzar te propongo deleitarte con: Los Desprendidos, de Félix J. Palma (España)

¿Qué me gustó del cuento?
Ya lo vas a ver...

¿Dónde está el gancho?
En todas partes. Desde que empieza hasta que acaba.

Detalles importantes:
La idea puede haber desfilado por la mente de muchos, pero dificilmente se pueda expresar mejor.


El clásico recomendado: There are more things, escrito por Borges y publicado en El libro de Arena en el año 1975.

¿Qué me gustó del cuento?
Lo atractivo que resulta leerlo y la sutileza del final.

¿Dónde está el gancho?
En las misteriosas refacciones que deben hacerle a la casa del tío del protagonista. Nótese que con pocas frases se logra dar a entender que lo que se quiere hacer es una aberración.

Detalles importantes:
Borges lo dedica a la memoria de H.P. Lovecraft, a quien, sin embargo, no consideraba un erudito en la materia, sino, como lo dice en el prólogo de El libro de Arena, como un "parodista involuntario de Poe".
Se dice que escribió este relato a modo de reto personal o quizás sobrando la técnica de este ilustre escritor del terror materialista de principios del siglo XX.

27 diciembre 2007

El mundo, nuestro destino

¡Este es el nombre de mi primera novela corta premiada! Ayer, 26 de diciembre, el e-zine TauZero dio a conocer el fallo del jurado del Premio TauZero de Novela Corta de Fantasía y Ciencia Ficción 2007, y fue el siguiente:
Primer premio en fallo dividido:

La novela “El Último” de Carlos Aguilera Álvarez (Chile)
Menciones honrosas:

“El Año del Gato” de Roberto Sanhueza Hormazábal (Chile)
“El Mundo, Nuestro Destino”, de Claudio Amodeo (Argentina)
“Mientras Todo Arde Yo Escribo La Ley”, de Guillermo Ríos Álvarez (Chile)
“De Paraísos y Purgatorios” de Alberto Gameroff (Argentina)

Los premios y reconocimientos se desglosan de la siguiente manera:

Primer premio: 350 dólares más publicación de novela en libro recopilatorio.
Menciones honrosas: publicación de novela en libro recopilatorio.
Que promete ser un libro interesante para tener en la biblioteca. Ya veremos cómo se hará en Argentina para conseguirlo.
Estoy muy, muy feliz. ¿Se nota? ¡Mi primera novela corta editada en papel!
Un lujo.

01 octubre 2007

Si fuera cierto...

¿Google puede ver el futuro? ¿De tantos mapas y satélites dando vueltas al mundo podrá acaso ver lo que va a ocurrir? Si esto fuera cierto, entonces esto también lo sería:


Pero como todo lo bueno tiene algo malo, esto también tendría que ser aceptado como real:


Y ser una especie en peligro de estinción en estos días no es algo descabellado después de todo...

04 septiembre 2007

A que no saben qué tengo... ¡El Anuario I de Axxón!

Sí, como lo leyeron, tengo en mis manos el primer Anuario Axxón de ciencia ficción y fantasía y lo estoy leyendo con delicadeza, paladeándolo.

256 Páginas

Tapa semiblanda a todo color

Edición: julio de 2007 - Sociedad Impresora Americana S.A.

Ilustración de portada: Guillermo Vidal

Los cuentos que lo componen son:

"Vendo máquina", Miguel Bordino (1er Premio Concurso Internacional Axxón)
"Obra maestra", Juan Pablo Noroña
"Mi Golem", Carlos Daniel Joaquín Vázquez
"La muerte interior", Claudio A. Amodeo
"Círculos y engranajes", Germán Amatto
"Horizonte reflejo", Laura Nuñez
"El beso de la valquiria", Carlos Gardini
"Dismnesia temporal", José Vicente Ortuño
"Intoxicante", Jorge De Abreu
"Instrucciones secretas para la Misión Alfa: Pliego Uno", Yoss
"Pleamar", Marcelo Di Lisio
"Rojo federal", Alejandro Alonso
"La incursión", Antonio Cebrián (2do Premio Concurso Internacional Axxón)
"Cassandra y el arquitecto", Alfredo Álamo
"Jezabel", Raquel Froilán García
"Nunca trabajes para un extraño", Raúl A. Alzogaray
"Bumper Sticker y la princesa emplumada", Andrés Diplotti
"La máquina", Eduardo J. Carletti
"Salvación", Claudia De Bella
"Realidad esquiva", Carlos Feinstein
"Zip", Ricardo Castrilli
"Juego de luces", Claudio Biondino
"Una de dos", Fabio Ferreras
"El idioma de los próceres", Fabián Casas
"El Guasón", Hernán Domínguez Nimo
"El Lántura", Minguel Ángel López Muñoz
"No me pidas un milagro", Saurio

Y sí, tengo un cuento propio, mi preciado "La muerte interior", uno de mis primeros publicados en Axxón y que sigue agradándome cuando lo leo.
El viernes 31 de Agosto fue la primera entrega de ejemplares a los autores y compradores de la antología y se realizó en Banchero Once. Esta es una pequeña crónica de lo ocurrido:
"El encuentro, en Banchero de Once, fue numeroso (unas treinta personas aproximadamente, casi como en las tertulias) y nos pasamos un buen rato firmándonos mutuamente ejemplares, compartiendo cervezas, pizzas y bromeando como de costumbre.
Cuando el desconcierto nos superó (había tantos libros iguales que era muy simple perder de vista el propio), Raúl Alzogaray, demostrando un ingenio superior al de las bestias desbocadas que nos abalanzábamos sobre los libros, tomó con mucho cuidado una simple servilletita de papel, la dobló sobre sí varias veces y anotó algo en el borde: mi nombre. Luego guardó el papelito a modo de señalador dentro de mi libro y ¡solucionado el problema! Saurio, en cambio, hizo lo suyo con un indiscutible "Este es de Saurio" en la primera hoja que no daba lugar a dudas, ya saben, es copyright.
Más tarde Alejandro Alonso tomó la posta y, a viva voz y mostrando los dientes, comenzó a tomar lista de los presentes para que le firmaran su Anuario. Se echó mucho de menos la presencia de los cubanos Yoss y Noroña, de los españoles Ortuño, Cebrián, Álamo, López Muñoz y Froilán García, del venezolano Abreu y de varios argentinos que no pudieron acercarse.
Eduardo Carletti comentó que está preparando los sobres para hacer los envíos internacionales, así que a no desesperar, y que muy pronto pondrá a la venta el anuario en Mercadolibre, para facilitar el problema de la transferencia de dinero.
Omar Munarriz se cargó al hombro unas cajas repletas para poner a la venta el anuario en su kiosco de revistas de la calle Corrientes 5509 (esquina Gurruchaga, frente a la casa de articuloseléctricos Electro Corrientes). Ya pasaré por allí para admirar la maravillosa ubicación que le destinó.
También yo tengo algún ejemplar que quizás pueda entregar en mano a quien así lo solicite. Estoy en microcentro, Florida y Mitre, y si no lo pagaron, ya saben, está a $32.
Más tarde, cuando ya me tenía que ir, siguieron llegando amigos y los ciclos de firmas se hicieron así casi interminables. Basta decir que he visto autores salir en cuatro patas, por entre las sillas, para evitar ser detectados."
Este anuario además tiene un sabor muy especial porque es el fruto del esfuerzo de mucha gente (unas cien de todos los puntos del globo) que aman la revista y confiaron en el proyecto y compraron previamente ejemplares para permitir así su edición en papel.
Es asimismo la frutilla que le faltaba a Axxón que este mes cumple 18 años de existencia.

17 agosto 2007

¡Ya llega Desde el Taller!

La antología "Desde el Taller", nacida en el seno de Taller 7, verá muy pronto la luz en papel gracias al incansable trabajo del multifacético Sergio Gaut vel Hartman, creador del taller, en carácter, esta vez, de seleccionador y escritor, y un servidor tiene un lugarcito en ella con un relato que le es particularmente apreciado: Crónica de la masacre.

La editorial es Ediciones Desde la Gente y esta es la tapa que pronto verán en las librerías:




Este es el contenido:

DESDE EL TALLER. "Nueva narrativa hispanoamericana"

Edita: Ediciones Desde la Gente. Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos.

Índice

INTRODUCCIÓN - Sergio Gaut vel Hartman

CUENTOS:

LA PICAZÓN - Carlos Daniel Joaquín Vázquez
PIANISTA - José María Tamparillas
PULSANTE - Ricardo Germán Giorno
ARREGLO DE DESPERFECTOS - Sue Giacoman Vargas
CORAZÓN DE CARTULINA - Germán Amatto
SOUVENIR - Carlos A Duarte Cano
CRÓNICA DE LA MASACRE - Claudio Amodeo
CERRAR LOS OJOS - Inmaculada Rumbau
LO ÚNICO QUE HACEMOS ES DESEAR - Saurio
LA CONCEPCIÓN - Eduardo M. Laens Aguiar
IDEAS - Judith Shapiro
EL OLOR A ORINA - Eduardo J. Carletti
TIERRA CALCINADA - José Vicente Ortuño
LAS REGLAS POR ALGO ESTAN - Martín Cagliani
HOMBRE CON OSCURIDAD - Juan Pablo Noroña
EL LLAMADO DEL FUEGO - Damián Cés
EL INOCENTE Y ABEL - Raquel Froilán García
CORTE DE RUTA - Claudio Biondino
EL SONIDO SECO DEL LÍQUIDO - Hernán Domínguez Nimo
EL BOTÓN DE AVANCE - Miguel Ángel López Muñoz
EL CÍRCULO SE CIERRA - Sergio Gaut vel Hartman


Sobre Crónica de la Masacre puedo decirles que me siento muy orgulloso de haberlo escrito, no sólo porque se ha ganado un lugar en esta antología, sino también por su temática, que busca denunciar las torturas y abusos de la última dictadura militar en nuestro país, y porque surgió como respuesta inmediata a una ilustración de Axxonita, que realmente hablaba por sí sola:

05 agosto 2007

¡A babearse! ¡A babearse!

Aquí está la joya de mi hogar, el son de mi canción y el fruto de mi vid. ¡A babearse con esta fotito!


La mamá, con mucha cara de mamá:


La familia feliz, con la sonrisa tallada en el rostro:


Los tíos y abuelos, manchando baberos a más no poder:





¿Tendré que ir comprando la escopeta de doble cañón para echarle a los pretendientes?

14 junio 2007

Reseña: Premio UPC 2006 de Novela corta de Ciencia Ficción



XVI Premio UPC de Novela Corta de Ciencia Ficción
Colección Nova 201 – Ediciones B – Año 2007
Editor: Miquel Barceló
470 páginas


Había pensado enfocar de otra manera esta reseña pero en estos días me topé con algunos mensajes de pibes que se inclinan a favor de la aventura antes que cualquier otro tipo de temática, y eso me dio que pensar. Primero debería resolver esta cuestión, mucho más de fondo, sobre qué es lo que uno debería encontrar en una novela de ciencia ficción, pero esto es motivo de una extensísima polémica que supera las posibilidades de esta reseña, así que deberé limitarme a aplicar mi visión sobre lo leído.
Me explico.
Cuando abordé la lectura de Trinidad, del chileno Jorge Baradit, lo hice con genuinas esperanzas de sentirme sorprendido y regocijarme, pero, a medida que me hundía en el terreno pantanoso que plantea la lectura de Trinidad, en mi rostro el entrecejo se me iba enarcando. Estaba sintiéndome defraudado, casi estafado, y no entendía bien por qué. Hay muchas imágenes descabelladas en la novela de Baradit, muchas ideas frescas, apenas esbozadas, quizás demasiado entremezcladas, que logran el clima que el autor desea, un aire enrarecido, una desorientación permanente. Eso estaba bien. Muy bien logrado. Entonces, ¿qué me molestaba? ¿La trama trillada, plagada de traiciones entre los personajes que siempre acaban de la misma manera? ¿Las balaceras al estilo Hollywood donde al protagonista no lo roza ni un mísero proyectil? ¿Los muchos guiños del autor hacia su novela anterior, Ygdrasil, que hacen pensar en una suerte de propaganda? No lo sabía. Quizás un poco de todo esto. Aunque en el fondo ya se venía perfilando en mi mente una respuesta a la intriga, decidí postergarla un poco más. Acabé su lectura concluyendo que la idea es buena, que hay realmente “algo” firme allí que eleva un poco el valor de la novela.
Continué con El informe Cronocorp, del español Miguel Ángel López Muñoz, autor a quien conozco de muchas listas de CF y con el que he intercambiado muchos mensajes en forma muy cordial. Leí con atención las primeras carillas y, ¡otra vez!, un nuevo golpe. Sé que Miguel Ángel es matemático. Licenciado en matemáticas. Y esperaba de él una resolución matemática insólita al muy trillado tema de los viajes en el tiempo. Pero no lo hallé. Al contrario, me encontré con una visión endeble de las paradojas temporales y del libre albedrío. “Debo hacer esto porque ya lo hice. No lo puedo evitar. No puedo dejar de hacerlo”. ¿Por qué? No lo dice. Los viajeros del tiempo lo aceptan como algo inamovible y, a mí, un ligero tic en el ojo izquierdo me estaba empezando a molestar. ¿Qué era lo que estaba fuera de lugar aquí? Sí, ya sé, me dije, es lógico. Pero sigamos leyendo para confirmar las sospechas. Un conjunto de relatos interconectados por una corta presentación se extienden por las más de 100 carillas donde, a mi gusto, se destacan el de los cronoasesinos y el del viaje hasta el fin de los tiempos, que es el que me ha quedado dando vueltas en la cabeza por más tiempo.
Continué pero hice trampa aquí —era previsible— y salté a Carne Verdadera, del argentino Sergio Gaut vel Hartman, a sabiendas de que encontraría un punto de apoyo desde donde recomenzar la lectura del libro. ¿Por qué? Porque estaba frente a un producto probado, porque sé que lo que escribe Hartman me agrada, y porque el acento argentino hace que la lectura se simplifique enormemente (para mí, claro). ¡Y me encuentro con un androide con la personalidad de Dick (¿?)! Sí, de Philip Kindred Dick, el autor de CF que más me gusta leer. Raro. Claro que sí. ¿Cómo se puede sostener esto?, me pregunté. ¿Para qué Dick? Y a medida que leía la novela me daba cuenta de que no acabaría por comprenderlo del todo. Y peor aún. Que alguien que desconociera la CF y a Dick (que es prácticamente lo mismo) lo haría menos. Y esta es la piedra de toque, claro. Hartman escribe esta novela para los que ya estamos “en la onda”, no para los primerizos. No para los que buscan aventura por la aventura misma. Aunque no le faltan escenas de acción. Es que Hartman escribe difícil, diría mi esposa. Da muchas vueltas, no es directo, usa y abusa del absurdo —y esto puede que haya sido una contra. Esto y las constantes interrupciones a los diálogos—. Carne Verdadera debió ganar el premio, y sin embargo casi no ingresa a este libro. Basta decir que el editor, Miquel Barceló, decidió incluirlo por las suyas, y lo bien que hizo. Alzó mucho la media. Pero esto tiene una explicación simple. El jurado, este año, ha preferido la CF de evasión y divertimento. Por eso Trinidad, El Informe Cronocorp y Crónicas de Malhaam fueron galardonadas. ¡Ah, pero me estoy adelantando nuevamente! Me faltan dos novelas.
Seguí por el orden normal otra vez y comencé con El fin del mundo, de la estadounidense Kristine Rusch, novela que recibió el segundo premio, o mención especial. Leí el primer capítulo, el del Entonces, que se intercala con el del Ahora a lo largo de toda la novela, y entendí todo. Así de simple. Sólo con el primero. En serio. Al final dudé un momento, lo acepto, porque se plantea una nueva posibilidad, más trágica, más dura, pero no. El final fue el que me imaginé. Y es que está bien escrita, es verdad, pero la historia no es nueva. Para nada. He leído incontables veces el relato en primera persona de un ET que se siente discriminado. ¡Vamos! Eso ya no es innovador. Y ya les digo, al final pudo haber dado un giro inesperado, pudo dejarme con la boca abierta. Pudo. Pero no lo hizo.
Y por último, lo más flojo y extraño: una fantasía de espada y hechicería (o como se diga) con una leve, pero muy leve cubierta de CF. Una joven princesa que asesina con las manos desnudas, que lucha y cae las mismas trampas una y otra vez, que halla seres espirituales, que busca escapar de quienes desean matarla. Estoy hablando de Crónicas de Malhaam, del español y miembro UPC Ángel Luis Miranda, novela que me ha cansado simplemente porque no es la temática que a mí me gusta leer. No digo que no sea buena. Quizás lo sea. Pero a mí me falta tanto de fantasía que no sé cómo calificarla. Tiene un glosario incorporado en la lectura, para las palabras difíciles, que lo hace menos ilegible pero más lento. Tiene buenas escenas. Puede entretener a los jóvenes.
Y acá damos pie al desenlace. El libro es muy heterogéneo, es un poco de cada cosa. Este libro puede entretener a los jóvenes. Es eso lo que me sonaba en la cabeza. No tanto a los que ya consumimos CF desde hace tiempo, pero sí a los jóvenes. Es un buen volumen para los pibes que leen de todo un poco y de nada en particular, para los que están merodeando en los límites de la CF y buscan definir sus gustos literarios.
O no.
O quizás yo esté completamente equivocado. Quizás haga falta un reseñador más asiduo a la lectura por divertimento, quizás yo haya sido muy duro con las novelas presentadas porque suelo exigir más de lo que el autor me puede dar. Porque quiero superación constante. Pero bueno, ese es mi problema. Soy poco transigente. Incluso conmigo mismo. Incluso con esta reseña.

02 mayo 2007

Un sueño hecho realidad

El pasado 1º de mayo, en la Feria del libro de Buenos Aires, se presentó la antología de cuentos Sin Equipaje, un compendio de muchos cuentos y autores donde yo tengo un lugarcito con Matnú.

Es un logro pequeño, de apenas dos carillas, pero es un paso muy importante en mi carrera literaria (carrera que espero crezca mucho y bien).

Y como todo logro merece ser festejado, y aprovechando que existe el viejo y querido puestito de fernet, bueno, he aquí los resultados:



Brindis con familiares y amigos que no le temen al alcohol (al contrario).


(Firmar libros, ¡qué delicia!)



Con mi esposa y mi hijito por venir.


Con Erica Wallner. ¡Qué tal!